Pocas veces expresamos este pensamiento. A estas alturas de la vida, para algunos ir al dentista es como hacer un sacrificio. Un mal que tenemos que pasar para sentirnos mejor, para vernos más guapos. Rara vez tenemos en mente el objetivo final que vamos a conseguir. Nos lamentamos de tener la boca sin dientes, esperando a que nos coloquen la prótesis, o en las molestias que nos va a ocasionar la próxima sesión en el dentista.
España es uno de los países con una mayor densidad de dentistas de la Unión Europea. Tenemos 85 dentistas por cada 100.000 habitantes, cuando la media europea son 76. A pesar de ello, los dentistas no son de los profesionales sanitarios mejor valorados. Algunos aún asocian la asistencia dental con el dolor, pese a que la odontología ha dado avances significativos en este terreno, y para otros, el dentista es demasiado caro.
Detrás del servicio que presta un dentista hay una asistencia sanitaria no subvencionada, equipos y materiales de última generación y todo un trabajo formativo que no ocupa toda la carrera del facultativo.
Aunque esto no fuera así, nos tendríamos que preguntar: ¿Cuánto vale una sonrisa bonita? ¿Qué precio tiene reír a carcajada plena, sin complejos, sin que tengamos que esconder nuestra dentadura porque no estamos satisfechos de su apariencia? ¿No tiene precio, verdad? Y si lo tiene, es incalculable.
El Dr. Manuel A. Tomillo Sánchez, que dirige una de las clínicas dentales más reputadas de Zafra (Badajoz) opina que la labor de un dentista es hacer que sus pacientes se vean bien y se sientan mejor. Aunque la estética es importante en la asistencia dental, la salud es lo principal.
Lo vamos a ver en algunos de los tratamientos más utilizados en la actualidad.
Las carillas dentales.
Las carillas dentales se han consolidado como uno de los tratamientos más versátiles de la odontología moderna, tanto a nivel estético como restaurador. Aunque no tienen la misma popularidad que otros tratamientos más conocidos, como la ortodoncia invisible o el blanqueamiento dental, su utilidad es amplia y sus resultados pueden ser altamente satisfactorios. Se trata de finas láminas que se adhieren a la superficie externa de los dientes naturales con el objetivo de mejorar su apariencia y, al mismo tiempo, reforzar su estructura. Además, destacan por ser una solución poco invasiva que respeta en gran medida el diente original.
En la práctica clínica actual, las carillas más empleadas son las de composite y las de porcelana. La elección entre unas u otras no depende únicamente del precio, sino de factores como el estado del diente, la resistencia necesaria o el resultado esperado a largo plazo. Las carillas de composite son más económicas y permiten realizar el tratamiento en una sola sesión, ya que el material se modela directamente sobre el diente. Su vida útil suele situarse entre los cinco y siete años. Las de porcelana, en cambio, se fabrican a medida en laboratorios de prótesis dentales, requieren varias visitas y un ligero tallado del esmalte, pero ofrecen una durabilidad mucho mayor, que puede llegar a varias décadas.
Uno de los usos más frecuentes de las carillas es la restauración de dientes desgastados. El paso del tiempo, hábitos como rechinar los dientes o morder objetos duros, y ciertas enfermedades pueden provocar un desgaste irregular que afecta tanto a la estética como a la sensibilidad dental. Las carillas devuelven la forma original al diente y lo protegen frente a un deterioro progresivo.
También se emplean para modificar la forma y el tamaño de los dientes cuando existe falta de armonía en la sonrisa, ya sea por causas genéticas o por restauraciones antiguas que han perdido su forma con los años. En estos casos, las carillas permiten integrar mejor cada pieza dentro del conjunto de la dentadura.
Otro campo importante es el tratamiento de manchas y oscurecimientos que no responden al blanqueamiento dental. Factores como el consumo de ciertos alimentos y bebidas, el tabaco, medicamentos o alteraciones del esmalte pueden provocar cambios de color profundos. Las carillas cubren estas alteraciones y unifican el tono de la sonrisa de forma eficaz.
Las carillas son una solución habitual para cerrar diastemas, esos espacios excesivos entre dientes que, aunque no suelen causar problemas funcionales, afectan a la estética.
Los implantes.
Los implantes dentales son uno de los tratamientos más habituales en las clínicas dentales modernas. La implatología es uno de los campos donde más se ha innovado en las últimas décadas. Su finalidad es sustituir los dientes perdidos de forma estable y duradera, devolviendo al paciente tanto la función masticatoria como la estética de la sonrisa. Un implante dental actúa como una raíz artificial que se inserta quirúrgicamente en el hueso maxilar y sirve de base para colocar posteriormente una corona, un puente o una prótesis.
Tras la colocación del implante, el cuerpo inicia un proceso de cicatrización natural. La encía se adapta a la nueva estructura y el hueso comienza a unirse al implante mediante un fenómeno conocido como osteointegración. Esta unión biológica es fundamental para el éxito del tratamiento, ya que garantiza que el implante quede firmemente anclado y pueda soportar sin problemas las fuerzas de la masticación. Este proceso no es inmediato y suele completarse en un periodo aproximado de entre dos y cuatro meses, tras el cual se coloca la prótesis definitiva.
Gracias a los avances en materiales y técnicas quirúrgicas, hoy en día existen diferentes tipos de implantes pensados para adaptarse a las necesidades de cada paciente. Los más utilizados siguen siendo los implantes fabricados en titanio, un material ampliamente empleado en medicina por su alta biocompatibilidad. El organismo lo acepta con facilidad, favoreciendo una integración ósea sólida y duradera. Además, el titanio combina ligereza y resistencia, lo que permite fabricar implantes de distintos tamaños y formas según las características del hueso y la posición del diente a reponer. Aunque los casos de rechazo o complicaciones son poco frecuentes, han impulsado la investigación de alternativas.
Entre estas alternativas destacan los implantes de circonio, elaborados con un material cerámico que ofrece una excelente tolerancia por parte del organismo. Su superficie dificulta la acumulación de placa bacteriana, lo que puede reducir el riesgo de infecciones alrededor del implante. A esto se suma una ventaja estética importante: su color blanco evita la aparición de sombras oscuras en la encía, por lo que suelen recomendarse en zonas visibles de la boca. No obstante, al fabricarse generalmente en una sola pieza, su adaptación clínica es algo más limitada.
Otro avance relevante son los implantes de carga inmediata. Tal y como explica la revista Top Doctors, esta técnica permite colocar una prótesis provisional el mismo día de la cirugía o como mucho en las primeras 48 horas. De este modo, el paciente recupera rápidamente la apariencia de su dentadura, lo que tiene un impacto positivo a nivel emocional. Esta prótesis inicial protege el implante durante la osteointegración, aunque no todos los casos son aptos para este procedimiento.
Por último, los implantes cigomáticos ofrecen una solución para pacientes con una pérdida severa de hueso en el maxilar superior. En lugar de anclarse al hueso alveolar, se fijan al hueso del pómulo, mucho más denso y resistente. Gracias a los avances tecnológicos, esta técnica permite rehabilitar la dentadura incluso en situaciones complejas, ampliando las posibilidades de tratamiento en implantología.
La ortodoncia.
La ortodoncia es una especialidad de la odontología que se encarga de corregir la posición de los dientes y la relación entre las arcadas para mejorar tanto la estética como la salud bucodental. Determinadas alteraciones en la alineación de los dientes o en la mordida pueden empeorar si no se tratan, dando lugar a problemas funcionales y a enfermedades dentales.
Una mala oclusión no solo afecta a la apariencia de la sonrisa. Los dientes mal colocados dificultan la higiene diaria, favoreciendo la acumulación de placa y la aparición de caries en zonas de difícil acceso. Además, ciertos desajustes pueden generar sobrecargas en la mandíbula y provocar molestias en la articulación temporomandibular, responsable de los movimientos de apertura y cierre de la boca. Por ello, la ortodoncia no debe entenderse únicamente como un tratamiento estético, sino como una herramienta para preservar la salud oral a largo plazo.
Existen diferentes técnicas que se adaptan a las necesidades de cada paciente. La ortodoncia fija con brackets es la más conocida y se basa en la aplicación de fuerzas controladas para guiar los dientes hasta su posición correcta. Dentro de este sistema hay variantes que difieren en materiales y apariencia, desde los metálicos hasta opciones más discretas. Otra alternativa es la ortodoncia lingual, que actúa desde la cara interna de los dientes, ofreciendo un resultado prácticamente invisible, aunque requiere un mayor periodo de adaptación.
En los últimos años, ha ganado protagonismo la ortodoncia invisible, que utiliza férulas transparentes removibles diseñadas a medida gracias a la tecnología digital. Este método destaca por su comodidad y estética, aunque exige una alta implicación del paciente. Según informa la revista Gaceta Dental, no todos los casos pueden resolverse con esta técnica, especialmente los más complejos, lo que hace imprescindible un diagnóstico profesional previo.


